Cómo conseguir tus objetivos este curso: la frase que revela lo que de verdad vas a hacer

Kini
Hoja escrita a mano con dos frases: «Quiero estudiar Fisio, pero con un 9 no entro» y la misma frase al revés, con los dos «pero» rodeados en rojo

Empieza el curso y todo el mundo tiene propósitos. Que los cumplas o no puede depender de algo tan simple como el orden de una frase. Lo demostraron dos lingüistas franceses hace casi cincuenta años y lo puedes comprobar tú mismo en cinco minutos.

Di tu propósito en voz alta (con un «pero» en medio)

Piensa en algo que quieras conseguir este curso. Llegar a la nota de corte de la carrera que quieres. Aprobar todo en junio. Sacarte el B2. Dejar de estudiarlo todo la noche antes. Algo que llevas tiempo diciendo que quieres y que sigue exactamente igual.

Ahora dilo en una sola frase, como se lo contarías a un amigo, con un «pero» en medio.

Por ejemplo, si tu objetivo es entrar en la carrera de Fisioterapia, te saldrá algo así:

«Quiero estudiar Fisio, pero con un 9 no entro».

O algo así:

«Con un 9 no entro, pero quiero estudiar Fisio».

Léelas otra vez. Los datos son los mismos: quieres Fisio y con tu media no entras. No hay ni una palabra de más ni de menos; solo ha cambiado el orden. Y sin embargo no significan lo mismo ni de lejos. La primera te está diciendo que te lo vas a quitar de la cabeza. La segunda, que vas a trabajar por conseguirlo.

Esto no es una frase motivacional de Instagram. Tiene nombre (teoría de la argumentación en la lengua) y dos autores, Jean-Claude Anscombre y Oswald Ducrot, que empezaron a desarrollarla en 1977 en un artículo sobre el «mais» (el «pero» francés). Hoy se estudia en cualquier facultad de Filología. Y Javier Botía, campeón mundial de mentalismo en 2018 (el primer español en conseguirlo), la ha convertido en una herramienta práctica que resume en una idea: las palabras con las que cuentas tu problema ya llevan dentro la decisión que vas a tomar.

La norma: lo que va después del «pero» es lo que manda

Cuando una frase tiene la forma «esto, pero aquello», toda la frase apunta hacia «aquello». «Esto» se queda en un «vale, sí, lo reconozco»: es la entrada que pagas para poder decir lo que de verdad querías decir. Botía lo resume con una imagen: el «pero» es una goma de borrar, y lo que pongas delante, desaparece.

Lo has vivido mil veces. Cuando un profesor te devuelve un trabajo con un «está bien, pero…», ¿con qué te quedas? Con lo que viene después. Lo de «bien» se ha borrado. Pues con tu propósito pasa exactamente lo mismo si lo formulas al revés.

La psicología también lo confirma. En 1962, el psicólogo Bennet Murdock describió el efecto de posición serial: de una lista de cosas, recordamos sobre todo las primeras y, aún más, las últimas; lo del medio se pierde. Y en 1981, Amos Tversky y Daniel Kahneman publicaron en la revista Science su famoso estudio sobre el framing (el «encuadre»): la misma información, presentada de dos formas distintas, lleva a la gente a decisiones opuestas. Un ejemplo clásico de este efecto: una carne «75 % magra» gusta más que una carne «con un 25 % de grasa», y es la misma carne. Kahneman recibiría el Nobel de Economía en 2002, en buena parte por esta línea de trabajo.

¿Y quién decide el orden?

Aquí está lo interesante: nadie se para a pensar en qué orden coloca las palabras. Salen solas.

Y salen así porque hay una parte de ti que está pendiente de la cara que va a poner quien te escucha, y esa parte pone al principio lo que mejor suena. «Quiero estudiar Fisio» suena a alumno con las ideas claras, que sabe lo que quiere. Queda bien.

Pero hay otra parte, mucho más grande y a la que le da igual quedar bien, que deja para el final lo que de verdad piensas. Llámala subconsciente, piloto automático o como quieras: es la que manda. Por eso la primera mitad de la frase se la dices a los demás y la segunda te la dices a ti.

 

«Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo».

— Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus

Las palabras pequeñas que cambian el rumbo

El «pero» es el más fácil de ver, pero (sí, otro «pero») hay otras palabras que revelan tus intenciones más profundas. Ducrot dedicó un libro entero, Les échelles argumentatives (1980), a palabras minúsculas que no cambian los datos y sí cambian la intención. Mira estas parejas de frases, traducidas al día a día de un estudiante:

Lo que dices Hacia dónde te empuja
«He estudiado poco» «No vale la pena ni presentarme al examen»
«He estudiado un poco» «Algo llevo; voy a intentarlo»
«Llevo casi dos semanas de curso y voy perdido» «Esto va fatal»
«Llevo apenas dos semanas de curso y voy perdido» «Es pronto; es normal»
«No me sale» Punto y final
«Todavía no me sale» Punto y seguido: voy a esforzarme 

Fíjate en cada pareja de frases, no parece haber grandes cambios. Lo que has estudiado, los días que llevas, el ejercicio que no te sale... Pero cambia una palabra y cambia la conclusión.

«La diferencia entre la palabra adecuada y la casi adecuada es la misma que hay entre el rayo y la luciérnaga».

— Mark Twain, en una carta de 1888

La última frase, la del «todavía», tiene su propio capítulo en la investigación educativa. Carol Dweck, psicóloga de la Universidad de Stanford y autora de Mindset, cuenta el caso de un instituto de Chicago donde a los alumnos que no superaban una asignatura no se les ponía un suspenso, sino un Not yet: «todavía no». Décadas de estudios suyos apuntan a lo mismo: los estudiantes que interpretan un mal resultado como «todavía no» en lugar de «no soy capaz» se esfuerzan más, piden más ayuda y acaban consiguiendo mejores resultados. Es la diferencia entre un punto y final y un punto y seguido.

«No son las cosas las que nos perturban, sino la opinión que tenemos de ellas».

— Epicteto, Enquiridión

Ojo: las palabras no cambian los hechos

Aquí hay que ser claros. Cambiar la frase no sube tu media ni baja la nota de corte. El temario es el mismo y la fecha del examen, también.

Lo que cambia es la dirección en la que te deja pensando. Y acabas actuando tal y como piensas. Si cambias la palabra, cambia la dirección. Si cambias la dirección muchas veces, cambian tus decisiones. Y tus decisiones, una detrás de otra, determinan cómo te va el curso.

«No hay viento favorable para quien no sabe adónde va».

— Séneca, Cartas a Lucilio

Ejercicio 1: tu frase de este curso

Coge papel y boli. Sí, papel: hay muchos estudios que apuntan a que escribir a mano te obliga a ir más despacio y a procesar mejor lo que escribes, y aquí queremos justo eso.

  1. Escribe tu objetivo de este curso en una sola frase con un «pero» en medio. Sin pensarla mucho: la primera versión que te salga es la buena.
  2. Subraya lo que va después del «pero». Ahí está lo que tu subconsciente ya ha decidido, te guste o no.
  3. Escribe debajo la misma frase con las dos mitades cambiadas de sitio.
  4. Lee las dos en voz alta, aunque te parezca absurdo. ¿Cuál de las dos te ayuda a avanzar de verdad?

Una de las dos frases te permite no hacer nada: esa es la excusa. La otra te incomodará un poco, porque te pide hacer algo. Esa es la frase de tu curso. 

Ejercicio 2: convierte la frase en un plan

Cambiar la frase es el primer paso. El segundo es lo que la investigación sobre motivación lleva décadas repitiendo.

El psicólogo Paschal Sheeran lleva años midiendo la distancia entre lo que la gente quiere hacer y lo que hace, y sus cálculos son devastadores: cerca de la mitad de las personas con una intención firme nunca llegan a actuar. Querer no basta. Hay dos cosas que sí funcionan.

La primera: Edwin Locke y Gary Latham, los padres de la teoría de la fijación de objetivos, demostraron con cientos de estudios que los objetivos concretos y exigentes producen mejores resultados que un «hazlo lo mejor que puedas». «Quiero ir bien en Historia» no sirve. «Quiero un 8 en el primer examen de Historia» sí.

La segunda: Peter Gollwitzer, psicólogo de la Universidad de Nueva York, descubrió la manera más eficaz de cerrar esa distancia entre querer y hacer: planes con la forma «si pasa X, entonces hago Y». En 2006 revisó junto a Sheeran 94 estudios distintos y el resultado fue claro: quienes usan estos planes cumplen sus objetivos bastante más a menudo. Fíjate en que aquí también manda la estructura de la frase:

  • «Si es lunes a las 17:00, entonces abro el libro de Física en la biblioteca».
  • «Si me llega una notificación mientras estudio, entonces el móvil se va a la mochila hasta que termine».
  • «Si no entiendo algo en clase, entonces lo pregunto antes de que acabe la hora».

Coge el objetivo del ejercicio 1 (con el «pero» ya en su sitio), escribe debajo tres frases «si… entonces…» y pégalo donde lo veas todos los días.

Ejercicio 3: escucha el «pero» de los demás

Este ejercicio es simple y solo tienes que escuchar.

Cada vez que un amigo, un compañero o alguien de tu familia te cuente una decisión con un «pero» en medio, quédate con la segunda mitad y apunta lo que crees que va a pasar. Este curso vas a oír frases como estas:

  • «Me encanta ese grado, pero está en otra ciudad» → no se va.
  • «Está en otra ciudad, pero me encanta ese grado» → ya está mirando residencias y pisos.
  • «Me apetece pedir el Erasmus, pero mi inglés es flojo» → no lo pide.
  • «Mi inglés es flojo, pero me apetece pedir el Erasmus» → lo pide y se apunta a clases.
  • «Debería cambiar de grado, pero ya llevo dos años» → se queda.
  • «Ya llevo dos años, pero debería cambiar de grado» → se cambia.
  • «El profe explica bien, pero no me entero de nada» → acaba pasando de la asignatura.
  • «No me entero de nada, pero el profe explica bien» → va a tutorías.

Solo tienes que apuntar tu predicción, guardarla y esperar. Al cabo de una o dos semanas comprueba cuántas has acertado: te vas a sorprender. Y no es magia. Es que la segunda mitad de la frase la escribe la parte de esa persona que no intenta quedar bien. 

Y cuando tengas que convencer a alguien

Ahora al revés. A veces el que necesita convencer a otra persona eres tú: pedir a tus padres que te dejen estudiar en una universidad lejos de casa, convencer a un profesor de que revise la nota de un trabajo, negociar con tu grupo quién hace cada parte o presentarte en la empresa donde quieres hacer las prácticas.

La regla es simple: lo que quieres que se recuerde, ponlo siempre al final.

El caso más claro es la entrevista para unas prácticas o un primer trabajo:

  • «No tengo experiencia, pero aprendo rápido» → el entrevistador se queda con «aprende rápido».
  • «Aprendo rápido, pero no tengo experiencia» → se queda con «no tiene experiencia».

Y en casa funciona igual:

  • «El máster es buenísimo, pero cuesta 20.000 euros» → tus padres se quedan con el precio.
  • «Cuesta 20.000 euros, pero el máster es buenísimo» → tus padres se quedan con el máster (si pueden pagarlo, claro).

No estás engañando a nadie: los datos son los mismos y no ocultas ninguno. Lo único que cambias es el orden. Y empezar por el inconveniente juega a tu favor: quien admite la pega antes de que se la señalen parece más sincero, y la frase termina igualmente donde tú querías.

Así lo usan los profesionales

Esto no es cosa solo de estudiantes. Hay profesiones que usan esta fórmula para conseguir sus objetivos y otras que han tenido que aprender a defenderse de ella.

Los médicos. En 1982, un equipo en el que participaba el propio Tversky publicó en The New England Journal of Medicine un experimento con pacientes, estudiantes y médicos: tenían que elegir entre operarse o recibir radioterapia para un cáncer de pulmón. Cuando la cirugía se presentaba como «un 90 % de supervivencia», muchos más la elegían que cuando se presentaba como «un 10 % de mortalidad». Mismo dato, decisión distinta. Y los médicos caían en la trampa igual que los pacientes.

Los actores de improvisación. La primera regla que se enseña en cualquier escuela de impro es «sí, y…». Está prohibido contestar al compañero con un «sí, pero…», porque el «pero» borra lo que acaba de proponer y la escena cambia por completo. Hoy hay empresas que llevan formadores de impro a sus oficinas para enseñar exactamente eso a sus equipos.

Los comerciales y los negociadores. Un buen vendedor nunca termina la frase con el precio. Y un buen negociador da la razón primero («entiendo que os parezca caro, pero…») para que su argumento sea el que quede flotando en la sala. Si alguna vez has notado que alguien te daba la razón justo antes de convencerte de lo contrario, ya sabes lo que estaba haciendo.

Por qué es útil

Todo esto tiene dos usos: entenderte mejor a ti y entender mejor a quienes te rodean.

A veces no es fácil saber lo que queremos de verdad y solo al ponerlo por escrito vemos cuáles son nuestras intenciones más profundas.

Esto no es un truco para adivinar lo que van a hacer los demás. Si un amigo te dice una frase con «pero» y le sueltas «ya sé lo que vas a hacer», lo único que conseguirás es que deje de contarte cosas.

Y algo muy importante: a veces aplazamos algo porque de verdad no es el momento, y no pasa nada. Este ejercicio no te dice qué hacer con tu curso. Solo te enseña lo que ya habías decidido quizás sin darte cuenta. A partir de ahí, la decisión sigue siendo tuya y puedes cambiarla. No hay nada escrito en piedra.

«Nuestra vida es lo que nuestros pensamientos hacen de ella».

— Marco Aurelio, Meditaciones

Para recordar

  1. Lo que va después del «pero» es lo que manda. Lo de delante no importa.
  2. Poco / un poco, casi / apenas, no / todavía no. Mismos datos, distinto rumbo.
  3. Escribe tu objetivo con un «pero», dale la vuelta y mira cuál te incomoda: esa es la buena.
  4. Objetivo concreto + tres frases «si… entonces…». Pegado donde lo veas.
  5. En una entrevista, lo que quieras que recuerden de ti va después del «pero».
  6. Para entender a los demás, escucha en silencio. Apunta, espera y comprueba.

 

Para saber más

Te recomendamos dos libros. Inteligencia Natural: Descubre tu poder mental, de Javier Botía (Arcopress), con más ejercicios como los de este artículo.

Y Hábitos atómicos, de James Clear (Diana), que explica cómo convertir los planes «si… entonces» del ejercicio 2 en rutina sin depender de la fuerza de voluntad.

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